El cuerpo sensual del poema: cuando la lectura trasciende lo intelectual y se vuelve carne

En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte.
Susan Sontag, “En contra de la interpretación”
Tenía 21 años y había perdido el entusiasmo por la vida. Esa chispa de la juventud temprana que te mantiene encendida y con ganas de experimentarlo todo se había apagado. Hasta que un día apareció, por un lado, el arte erótico: imágenes difusas, evocadoras, a lápiz o en acuarelas, que encendían todo tipo de sensaciones en mi cuerpo. El arte erótico me condujo, por otro lado, a la creación de imágenes con el lenguaje poético: la poesía erótica me ayudó a rehabitar mi cuerpo con dulzura y sensualidad. ¿Cómo pudo ser que la lectura me haya reconectado con mi cuerpo y mi goce? Aunque la crítica tradicional considera que la poesía debe leerse desde una perspectiva formal e intelectual, en realidad la poesía puede leerse desde lo corporal y lo sensible, al pensar lo erótico como una manera de abordaje.
¿Cómo se lee un poema? O, mejor dicho, ¿desde dónde se lo lee? Desde el análisis literario tradicional se postula que la interpretación de una obra literaria debe partir de 3 ejes fundamentales: el contenido, es decir, el qué se dice; la forma, osea el cómo se dice; y el contexto, es decir, quién, dónde y por qué se dice. Por ejemplo, Dámaso Alonso, perteneciente a la escuela española de la estilística idealista y a la generación del ‘27, defiende que la forma (significante) guarda una “vinculación motivada” con lo que el autor piensa y siente (significado). Vemos la profunda influencia del estructuralismo lingüístico sobre la teoría literaria, y desde allí entonces, se postula un abordaje de la poesía desde una perspectiva formal e intelectual. Sin embargo, desde esta forma de abordar la lectura de los poemas nos perdemos del poder que tiene el arte para transformarnos, es decir, nos perdemos de vivir la experiencia estética.
Podremos disfrutar de la poesía, tener una experiencia estética que vaya más allá de lo intelectual para dejarnos atravesar por la belleza de la creación, si enfocamos su lectura desde lo corpóreo y lo sensible. ¿Cómo podría esta nueva forma de leer acercarnos al disfrute de un poema? Por un lado, atender al cuerpo en la lectura nos reconecta con experiencias vividas o que quisiéramos vivir. Lo experiencial es, en esencia, corporal, y en la lectura el cuerpo puede encender memorias que nos permitan revivir momentos. ¿Y esto por qué sucede? Porque al dejar de lado el análisis, la mente, lo intelectual, conectamos con la experiencia estética inmediata. De esta forma, al desatender, justamente, la interpretación intelectual, nos permitimos abrirnos a lo creativo, darle lugar a la imaginación sin condicionamientos, nos abrimos a vivir el arte antes que a analizarlo.
¿Y cómo prestamos la carne para sentir el poema? En los versos de Laura Rojo de su poema “Caricia”, cuando nos dice Desprendo la hojarasca de mis costados / con los diez dedos / Caen pesados preconceptos / chorreando tinta, si nos concentramos estrictamente en “entender” cada palabra, en intentar “interpretar” a qué se refiere ella con la palabra hojarasca o a qué hacen referencia los preconceptos, nos perdemos en lo intelectual y el cuerpo se queda inmóvil pero deseoso por sentir. Ahora, si apagamos por un ratito “la luz” del intelecto, y la voz de la mente, y bajamos a sentir el eco que nos llega de la cadencia de las palabras, de cómo reverberan y resuenan en la carne, podemos abrirnos a percibir cómo se siente arrancarnos una capa de piel, y cómo se siente derretirnos al calor de una metamorfosis, que nos conduzca a nuevas concepciones de la vida. Leer el poema de Laura Rojo es verdaderamente una caricia poética. Me abre a sentir los pies helados y el silencio cuando Percibo el frío a medida que avanzo / descalza acompasando sonidos, y a sentir la humedad y el peso de la gravedad que me empuja hacia la tierra cuando Se derrama la noche entre mis piernas, / y la poesía se espesa, se agolpa en mi piel. La palabra se vuelve sinestésica, y el lenguaje poético construye imágenes que generan un efecto en el cuerpo si nos abrimos a la perspectiva de sentir el poema.
Entonces, si pensamos la lectura de un poema desde lo sensible y lo corporal, podríamos por consiguiente plantear que lo erótico puede ser una manera de abordar la poesía. Según Audre Lorde (1978), escribir un poema puede ser una experiencia erótica, y para mí, leerlo también lo es. Audre Lorde, poeta, ensayista y pensadora estadounidense, o como ella se define en su condición de feminista, negra y lesbiana, en su ensayo “Usos de lo erótico: lo erótico como poder” (1978), postula que lo erótico puede concebirse como la manera de reconocernos en nuestra capacidad de sentir goce. En este orden de ideas, lo erótico no se limita al contexto íntimo y de pareja, sino que excede el ámbito de lo sexual, asociado tradicionalmente a lo pornográfico, y, por consiguiente, a “la sensación sin sentimiento”, en palabras de la autora. En lo erótico reside un poder epistemológico que nos permite reconocer nuestra capacidad de sentir placer, en cualquier ámbito de la vida, y en mi caso, para mí leer poesía, y en particular poesía erótica, me ayudó a reconectar con el placer de vivir. Partiendo de una lectura desde el cuerpo, me autoafirmé en mi capacidad de sentir, y de sentir toda la vida atravesándome, con todos sus sabores. Como nos ilumina Clarice Lispector en su célebre novela “Un aprendizaje o el libro de los placeres” (1969), en el camino de aprendizaje erótico al que se enfrenta su personaje Lori: Quien es capaz de sufrir intensamente, también puede ser capaz de una intensa alegría. Porque lo erótico compromete al ser humano en su totalidad, involucrando lo corporal, lo emocional y lo espiritual, y haberme acercado desde esa totalidad a la lectura de los poemas, ha sido una experiencia transformadora.
¿Y cómo podemos abordar eróticamente un poema? Quizás sea más gráfico si tomamos como ejemplo un texto que puede leerse como erótico. El poema de Luna Miguel “El libro de Ernesto”, publicado en la antología “Magnífica estrella la nuestra” (Ed. Llantén, 2022), se presenta como una serie de 10 textos, de carácter epistolar, en una sugerente prosa poética, donde cada verso está contenido entre barras oblicuas para no desbordarse. Es muy interesante cómo construye su poema Luna Miguel, conocida como la poeta del cuerpo, ya que, en una especie de fluir de la consciencia, crea imágenes que nos conectan directamente con sensaciones corporales, al ella evocar en su texto momentos íntimos vividos con su amante. Le escribe a él, a Ernesto, pero reescribe también sus memorias corporales, su cuerpo que ha experimentado la encarnación del deseo junto con ese otro cuerpo, convirtiéndose en un solo abismo de ausencia y anhelo por el sexo del amado:
querido mío / el hematoma de mi muslo crece a lo largo y ancho / de toda esta piel / yo me había propuesto no escribir piel / en los poemas que te dedicara / pero al pulsar con el índice el hematoma / he sentido la necesidad de repasar el vello / de tu pecho con mis dientes / tu saliva contra mi rostro era plata líquida / bolita de mercurio derretida sobre el muslo / tan púrpura de quererte en la distancia
Escribe recordando, pero esa memoria se encarna en lo sensible, y al leerlo, dejándonos llevar por lo que evoca en el cuerpo la superposición de imágenes, podemos revivir con la poeta las sensaciones corporales del recuerdo de cuando se ama profundamente:
si escribo sobre tu sexo —esa leve mancha / de cereza que tiembla en mi boca / similar al espasmo— tu sexo —leve piel / u hoja— si escribo sobre tu sexo —fruta / que devoro sin reparar en la delicadeza— / es porque sé que si lo dejo pasar / mi memoria te inventaría / «como tú eres nuevo para mí / diferente / pero de un reino muy / muy antiguo» / porque no quiero guardar el recuerdo deformado de tu sexo / solo quiero que mi lírica se ajuste a la escritura / de cuanto mi boca succionaba —la cereza / el glande / todas las palabras de amor que me prohibía entonces / pero que me arrollan ahora que estoy sola / de camino a un mar en el que nunca / nadaremos desnudos / pues es en su costa donde mi esposo me espera / ya impaciente—
“El libro de Ernesto” es sin duda un poema erótico, por lo que está presente la ausencia, el anhelo, lo corpóreo y el deseo; pero también por la cadencia y los ritmos que se presentan en el devenir de los versos. Las imágenes que se van superponiendo, las metáforas que abundan, y el ritmo acelerado del poema, incrementan a su vez la respiración del propio lector, que se ve atraído y seducido por la lírica. Podemos reconocer en nuestro propio cuerpo los efectos de una lectura sensible y corporal, al dejarnos atravesar por el erotismo del poema.
Así, leer poesía puede ser un ejercicio que trascienda la mera interpretación intelectual, para ser una experiencia estética que nos reconecte con el cuerpo y con nuestra capacidad de sentir goce. Porque la lectura de poemas puede ser un ejercicio erótico, al comprometer en ella las dimensiones que nos conforman como seres humanos: lo corporal, lo emocional y lo espiritual. La poesía es un género que se caracteriza por trabajar con la creación de imágenes, y desde allí, generar efectos en el lector; por lo tanto, al leer poesía podemos reconectar con experiencias que fueron vividas desde el cuerpo, y eso puede ser trasformador. Leer poesía desde el cuerpo significó para mí reconectar con mi erotismo y me permitió autoafirmarme en mi capacidad (y derecho) de sentir placer y goce. Porque podemos asistir al juego del arte y permitirnos “ser jugados” por la obra poética, al decir de H.G Gadamer, podemos dejarnos atravesar en carne por la lectura sensible del poema, y de esa forma, también, abrirnos a vivir una vida erótica.
Bibliografía:
· Gadamer, H.G. (2003 [1960]), “Verdad y Método”, Ediciones Sígueme.
· Lispector, C. (2020 [1969]), “Un aprendizaje o el libro de los placeres”, Rocco.
· Lorde, A. (1978), “Usos de lo erótico: lo erótico como poder”, Out&Out Books.
· Miguel, L.; Medel E.; Sánchez, M. (2022), Antología “Magnífica estrella la nuestra”, Llantén.
· Rojo, L. (2020), “Poesía circular”.
· Sontag, S. (1984 [1966]), “Contra la interpretación”, Seix Barral.